

Ya teníamos asumido que la IA y los robots eran superiores a los humanos en el ajedrez. Ahora también lo son al ping-pong

Los seres humanos tenemos una relación curiosa con las máquinas: las creamos para que nos ayuden, pero también para que nos desafíen. Llevamos décadas haciéndolo, desde los grandes sistemas industriales hasta los sistemas de inteligencia artificial y los robots que hoy empiezan a moverse en entornos más complejos, más exigentes y con menos margen de error. Y cuando esas máquinas nos superan, no solo vemos una derrota: vemos una pista de hacia dónde va la tecnología. Ya ocurrió en el ajedrez y en el Go. Lo que estamos viendo ahora apunta a algo distinto: el desafío empieza a saltar a deportes donde no basta con calcular la siguiente jugada.
El robot que juega al ping pong. La última señal llega desde Sony AI y tiene forma de mesa de ping pong. Su robot Ace, desarrollado dentro de Project Ace, ha sido presentado por la compañía como el primer sistema de IA capaz de competir en un entorno físico real con jugadores universitarios de élite y profesionales de tenis de mesa bajo reglas oficiales. La firma lo ilustra con una escena reciente en Tokio: la jugadora profesional japonesa Taira Mayuka lanzó un remate que, en condiciones normales, habría decidido el punto. Al otro lado de la red, Ace leyó la trayectoria, ajustó el ángulo de la pala y devolvió la pelota para mantener vivo el intercambio.
Un salto notable. El ping pong añade algo mucho menos amable que los juegos de mesa: una pelota que se mueve, gira, bota y cambia de dirección en muy poco tiempo. Por eso Sony insiste en la velocidad de reacción de Ace, con una latencia de extremo a extremo de 20,2 milisegundos frente a unos 230 milisegundos en jugadores humanos de élite. Como podemos ver en el vídeo que acompaña a este artículo, el robot no solo tiene que “ver” la pelota. Tiene que anticipar qué hará después y colocar la pala en el ángulo correcto antes de que sea tarde.
Cómo lo consigue. La clave está en que Ace no depende de una sola tecnología, sino de una cadena muy ajustada entre percepción, control y movimiento. El sistema integra nueve cámaras convencionales sincronizadas y tres sistemas de visión basada en eventos, capaces de registrar cambios de movimiento con mucha rapidez. Con ese conjunto, el robot sigue la pelota a 200 Hz con precisión milimétrica y mide el efecto hasta 700 Hz. Después, un brazo robótico de ocho grados de libertad ejecuta las devoluciones a partir de políticas aprendidas mediante aprendizaje por refuerzo en simulación.
Ace tampoco llegó a ese punto de un día para otro. Sony sitúa el inicio del proyecto en 2020, dentro de los primeros trabajos de Sony AI, y describe una evolución por etapas: primero hacer malabares con la pelota, después mantener intercambios cooperativos con una persona y, más adelante, enfrentarse a jugadores cada vez más fuertes. Ese recorrido también sirvió para descubrir límites que no siempre aparecen en una simulación.
Los límites. El mérito de Ace está en haber llegado a un nivel experto, no en haber convertido el tenis de mesa en un problema resuelto. Sony reconoce que aún hay humanos por encima del sistema. En cualquier caso, el robot destaca principalmente en la habilidad, donde se decide cómo mover el robot y cómo golpear la pelota en tiempo real. Lo que ocurre punto a punto, y lo que se planifica durante un partido, todavía puede mejorar.
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Ya teníamos asumido que la IA y los robots eran superiores a los humanos en el ajedrez. Ahora también lo son al ping-pong
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Javier Marquez
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