Mario Bellatin: “Una biblioteca es un espacio de convivencia”
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Mario Bellatin: “Una biblioteca es un espacio de convivencia”

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28 de abril de 2026
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Enrique Planas
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Enrique Planas

Corresponsal Global

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La tarde del miércoles, víspera del Día del Libro, en uno de los salones de lectura de la nueva Biblioteca Antonio Pinilla (nombre del fundador y primer rector de la Universidad de Lima), Mario Bellatin se presenta ante los estudiantes en una distendida charla. Durante el encuentro, recordó su paso por las mismas aulas, mencionando que en su época “leían el cine” a través de libros ante la dificultad de acceder a las películas. El escritor le pide a su joven auditorio alejarse de cualquier canon académico para proponer una visión de la literatura como una búsqueda personal, única y libre de fórmulas. Subraya que el acto de escribir es un ejercicio físico y vital, desmarcándose de la tradicional necesidad de “tener algo que decir” o de perseguir una “carrera” como escritor.

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Y los alumnos escuchan entusiasmados cuando el autor de Poeta ciego les revela el gran secreto: que la escritura no se puede enseñar. Recuerda su experiencia con la Escuela Dinámica de Escritores, proyecto basado en la idea de que, en lugar de maestros fijos, el alumno tuviera contacto con todos los creadores posibles, de las más diversas disciplinas, para que construya su propio mundo. Ser una antena de su tiempo. No sacralizar otras novelas ni aferrarse a la idea de los géneros. Escuchar la propia voz mientras el texto fluye. Crear una obra autónoma. No buscar ni documentar hechos de forma literal, sino extraer ideas universales sobre el dolor y la conducta humana a través de las metáforas. O, por lo menos, no seguir los registros tradicionales que tanto les gustan a los grandes editores. Terminado el encuentro, le toca hablar con nosotros.

― ¿Qué significa para ti la experiencia de apadrinar el lanzamiento de la nueva biblioteca y encontrarte con estudiantes de hoy?

Verme reflejado en un espejo. Y viéndome yo en un futuro posible, mejorado obviamente, porque el nivel de los jóvenes ahora es impresionante. Yo estuve en la inauguración de la biblioteca anterior, tradicional, silenciosa, donde ibas solamente para comprar separatas. Entonces vivíamos momentos violentos en los que lo primero que caía era la cultura. No había librerías ni editores. No había importación de libros. La única manera de leer era pasando por las fotocopias. Ahora estoy muy impresionado por esta inauguración. De alguna manera, fuimos los pioneros en la Universidad de Lima haciendo los talleres de arte en unas casetitas, como el desván de la universidad, levantadas en un sitio escondido, recóndito. E imagínate ahora esta construcción tan moderna e impresionante, pensada ya bajo otros criterios de lo que es una biblioteca.

― Me gustó mucho escucharte animar a los alumnos a que desmonten la idea preconcebida que se tiene de la literatura. Salir del canon, inventar nuevas definiciones para lo literario. Pero vivimos tiempos en que los libros de ficción parecen cada vez más homogeneizados y el concepto de “novela literaria” parece en declive. ¿Nos estamos acercando a una homogeneización preocupante del texto literario?

Parte de esa estandarización, creo yo, está en su acercamiento, cada vez más, a los estudios culturales. La literatura se hace políticamente correcta, se le busca una utilidad, se le buscan públicos que puedan consumir algo muy concreto. Esa tendencia viene de la academia norteamericana en los años noventa. Yo iba mucho a las universidades norteamericanas, a las residencias de escritores, y para mí era insólito ver cómo cada minoría tenía, obligatoriamente, que hablar de su minoría. Y yo venía con la idea de que la literatura era el espacio de la libertad. Había cierta carga social, sí, cierta idea de responsabilidad, pero no era una carga excesiva. Y además la podías escamotear un poco. Pero en Estados Unidos los negros escribían sobre negros, el escritor gay sobre los gais, el judío sobre los judíos. Y ocurre luego un fenómeno: la academia gringa se abre a Latinoamérica y empiezan a exportar su discurso a través de los estudiantes. Llegó un momento, a inicios del 2000, en que, ya graduado en cualquier universidad del Perú, tenías casi un pase automático para hacer una maestría en Estados Unidos. Era masivo. Y cuando regresaron a sus países, contagiaron todo ese espíritu. Empiezan a abrir aquí las escuelas de escritura creativa. Ahí yo creo que empieza el peligro.

― ¿Ves que haya ahora alguna reacción frente a ese discurso, que cuestione la corrección política en la literatura?

Se abre una gran interrogante. Por un lado, me encantaría que en esta biblioteca los talleres de creación pasen a otro grado, algo mucho más orgánico. Pero si ya forma parte de una carrera académica, entonces tiene que obedecer a los mismos motivos por los cuales existe la ingeniería o la medicina. Y allí hay una trampa, en el sentido de que, si yo estudio en una universidad escritura creativa, debería exigir que mi producto tenga un buen final: publicar en una editorial, y mientras más transnacional, mejor. Al momento en que entra el proceso de creación en la academia, esta debería garantizar que tu libro vaya a entrar en un mercado. Y entonces ahí se establece una especie de matrimonio enfermo entre editoriales que venden y cursos que se dan para que, justamente, emboques con ellas. Eso que funciona impecable en todas las disciplinas, cuando hablamos de literatura, hace que aparezca el problema. Pero tampoco es tan fácil la respuesta, porque todos queremos que exista ese espacio de discusión creativa.

― ¿Cómo hacerlo?

Esa fue la pregunta en la que yo caí al principio del 2000 cuando hice la Escuela Dinámica de Escritores en México. Había 90 profesores para 20 estudiantes. Los profesores eran los responsables de las grandes editoriales, los autores que pasaban por México, artistas de diferentes disciplinas que durante nueve horas les enseñaban sus propias cosas para que ellos supieran ganar tiempo. Porque al momento en que yo intervengo y digo: “Oye, mejor quítale de aquí, ponle acá”, consciente o inconscientemente —y más si soy parte de una academia—, voy a empujar al estudiante a publicar esos libros horribles de los que estamos hablando. Horribles en el sentido de estandarizados. Libros que van a tener muchos lectores, por supuesto. Voy a poner un ejemplo extremo: El alquimista del brasileño Paulo Coelho. Ese sería un producto perfecto. Sale de una universidad y vende un millón de libros, y entonces su escuela de escritura creativa es un éxito. No digo que sea un horror, sino que deberíamos pensar cómo quebrar esa relación tan directa, porque está pasando eso. No creo que sea casual que ocurra lo que está ocurriendo.

― Y a ello se suma la entrada de la inteligencia artificial como “herramienta” para los escritores. ¿Crees que hay que permitirle a la máquina participar del proceso creativo?

Yo planteé esa polémica en Argentina, me acuerdo, y no me hicieron mucho caso. Es algo que hace 20 años sucedió con la imagen digital. Al principio apareció como la prima pobre, con una resolución malísima, hasta que en pocos años, con los megapíxeles, se llegó a alcanzar el nivel de un negativo de película. ¿Puedes diferenciar una analógica de una digital? No, no se puede. Pero lo que no es igual es el acto de tomarla. Y, justamente, lo único que le importa a un fotógrafo es cómo toma su foto, no si la foto tiene 50 mil “likes”. Pero todo esto que hablamos está visto desde la perspectiva del que mira, no del que hace. En el caso de la literatura, hay gente que quiere ser escritor y se coloca en el papel del que mira: quiere ser famoso, tener la cola más larga de lectores en la feria del libro, ser invitado a más ferias o ganar el premio Alfaguara. Eso es mirar desde la lógica del espectador. Creo que hemos cambiado la perspectiva desde el que crea al que lee. Hoy el que manda no es el que crea, sino el que lee. Así como se lo quitaron al fotógrafo, el reinado ya no lo tiene el creador. Y el que lee ni se va a dar cuenta (aparte ni le importa) si un texto está hecho con inteligencia artificial. El espectador sigue viendo lo mismo y no le importa. El escritor está siendo minimizado de tal manera que ya se le puede reemplazar con una inteligencia artificial. Da lo mismo, porque el que tiene el reinado es el consumidor. Por ahí va el asunto.

― ¿Y qué le queda al escritor entonces?

Un escritor debe escribir, creo yo. Todo lo demás es parafernalia, y depende de hasta qué punto eres capaz de prostituirte. Ojalá que siga existiendo ese tipo de lector que no se deja llevar por esos fuegos artificiales; eso es lo que te blinda.

― Y en esta incertidumbre, ¿cuál crees que es la función de una nueva biblioteca?

El hecho de estar juntos. De manera gozosa, de manera lúdica, descubriendo cultura también. El hecho de que sea un lugar de convivencia. Todo el mundo habla de las redes sociales ahora; la gente está viviendo de manera excéntrica, pegada a su pantallita, como si el resto del mundo no existiera. Pero la biblioteca te invita a estar juntos físicamente, discutir y, por un momento, escapar del tiempo y el espacio cotidiano. Es como aprender a vivir juntos de nuevo tras la pandemia. Esa función es importantísima.

― Esta experiencia de volver a tu universidad, de encontrarte con los estudiantes, es muy coherente con tu actual proyecto literario titulado Matanza, basado en reescribir tus libros previos para ofrecerlos de nuevo. ¿Podría ser la metáfora de volver a la semilla?

Sí, es interesante. Y tiene que ver con el COVID, con la gran peste que estaba ya escrita en Salón de belleza. La idea no es reescribir, sino recordar, remembrar. Tiene que ver con todo ese pasado en cuanto a escritura publicada y también en lo vivido, como es volver a la Universidad de Lima y verme a mí mismo en sus estudiantes. Mientras haya alguien que quiera publicar algo mío y alguien que lo lea, quiere decir que no ha sido en vano. Es ahí donde se cierra el ciclo, como verse en un juego de espejos. Es lo que queda sellado en el mundo de las ideas.

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